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martes, 22 de enero de 2013

Whitman, poeta de América


Octavio Paz



Walt Whitman es el único gran poeta moderno que no parece experimentar inconformidad frente a su mundo. Y ni siquiera soledad; su monólogo es un inmenso coro. Sin duda hay, por lo menos, dos personas en él: el poeta público y la persona privada, que oculta sus verdaderas inclinaciones eróticas. Pero su máscara –el poeta de la democracia- es algo más que una máscara: es su verdadero rostro. A pesar de ciertas interpretaciones recientes, en él coinciden plenamente el sueño poético y el histórico. No hay ruptura entre sus creencias y la realidad social. Y este hecho es superior –quiero decir, más ancho y significativo- a toda circunstancia psicológica. Ahora bien, la singularidad de la poesía de Whitman en el mundo moderno no puede explicarse sino en función de otra, aún mayor, que la engloba: la de América.
En un libro,1 que es un modelo en su género, Edmundo O’Gorman ha demostrado que nuestro continente nunca fue descubierto. En efecto, no es posible descubrir algo inexistente y América, antes de su llamado “descubrimiento”, no existía. Más que el descubrimiento de América, habría que hablar de su invención. Si América es una creación del espíritu europeo, empieza a perfilarse entre la niebla del mar siglos antes de Colón. Y lo que descubren los europeos cuando tocan estas tierras es su propio sueño histórico. Reyes ha dedicado páginas admirables a este tema: América es una súbita encarnación de una utopía europea. El sueño se hace realidad, presente; América es un presente: un regalo, un don de la historia. Pero es un presente abierto, un ahora que está teñido de mañana. La presencia y el presente de América son un futuro; nuestro continente es la tierra, por naturaleza propia, que no existe por sí, sino como algo que se crea y se inventa. Su ser, su realidad o substancia, consiste en ser siempre futuro, historia que no se justifica en lo pasado, sino en lo venidero. América no fue; y es solo si es utopía, historia en marcha hacia una edad de oro.
Quizá esto no sea del todo exacto si se piensa en el periodo colonial de la América española y portuguesa. Pero es revelador que apenas los criollos americanos adquieren conciencia de sí mismos y se oponen a los españoles, redescubren el carácter utópico de América y hacen suyas  la utopías francesas. Todos ellos ven en la revolución de Independencia un retorno a los principios originales, un volver a lo que realmente es América. La Revolución de Independencia es una rectificación de la historia americana y, por tanto, es el restablecimiento de la realidad original. El carácter excepcional y verdaderamente paradójico de esta restauración aparece claro si de advierte que consiste en una restauración del futuro. Por gracias de los principios revolucionarios franceses. América vuelve a ser lo que fue al nacer: no un pasado sino un futuro, un sueño. El sueño de Europa, el lugar de elección, espacial y temporal, de todo aquello que la realidad europea no podía ser sino negándose a sí misma y a su pasado. América es el sueño de Europa, libre ya de historia europea, libre del peso de la tradición. Una vez resuelto el problema de la Independencia, la naturaleza abstracta y utópica de la América liberal vuelve a revelarse en episodios como la Intervención francesa en México. Ni Juárez ni sus soldados pensaron nunca –según señala  Cosio Villegas- que luchaban contra Francia, sino contra una usurpación francesa. La verdadera Francia era ideal y universal, más que una nación, era una idea, una filosofía. Cuesta dice, con cierta razón, que la guerra contra los franceses  debe verse como una “guerra civil”. Fue necesaria la Revolución de México para que el país despertase de este sueño filosófico –que, por otra parte, encubría una realidad histórica apenas tocada por la Independencia, la Reforma y la Dictadura- y se encontrase a sí mismo, no ya como un futuro abstracto sino como un origen en el que había que buscar los tres tiempos: nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. El acento histórico cambió de tiempo y en esto consiste la verdadera significación espiritual de la Revolución Mexicana.
El carácter utópico de América es aún más neto en la porción sajona del continente. Ahí no existen complejas culturas indígenas, ni el catolicismo levantó sus vastas construcciones intemporales: América era –si algo era- geografía, espacio puro, abierto a la acción humana. Carente de substancia histórica- clases antiguas, viejas instituciones, creencia y leyes heredadas- la sociedad no presentaba más obstáculos que los naturales. Los hombres no luchaban contra la historia, sino contra la naturaleza. Y ahí donde se presentaba un obstáculo histórico –por ejemplo: las sociedades indígenas- se le borraba de la historia y, reducido a mero hecho natural, se actuaba en consecuencia. La actitud norteamericana puede condensarse a sí: todo aquello que no participa de la naturaleza utópica de América no pertenece propiamente a la historia; es un hecho natural y, por tanto, no existe; o sólo existe como obstáculo inerte, no como conciencia ajena. El mal está fuera: forma parte del mundo natural- como los indios, los ríos, las montañas y otro obstáculos que hay que domesticar o destruir- o es una realidad intrusa (el pasado inglés, el catolicismo español, la monarquía, etc.) La Revolución de Independencia de los Estados Unidos, es la expulsión de los elementos intrusos, ajenos a la esencia americana. Si la de América es ser constante invención de sí misma, todo lo que de alguna manera se muestre irreductible o inasimilable no es americano. En otras partes el futuro es atributo del hombre: por ser hombres , tenemos futuro; en la América sajona del siglo pasado, el proceso se invierte y el futuro determina al hombre: somos hombres porque somos futuro. Y todo aquel que no tiene futuro no es hombre. Así, la realidad no ofrece resquicio alguno para que aparezcan la contradicción, la ambigüedad, o el conflicto.
Whitman puede cantar con toda confianza e inocencia la democracia en marcha porque la utopía americana se confunde y es indistinguible de la realidad americana. La poesía de Whitman es un gran sueño profético, pero es un sueño dentro de otro sueño, una profecía dentro de otra aún más vasta y que la alimenta. América se sueña en la poesía de Whitman porque ella misma es un sueño. Y se sueña como realidad concreta, casi física, con sus hombres, sus ríos, sus ciudades y sus montañas. Toda esa enorme masa de realidad se mueve con ligereza, como si no pensara; y, en verdad, carece de peso histórico: es el futuro que está encarnado. La realidad que canta Whitman es utópica. Y con esto no quiero decir que sea irreal o que sólo exista como idea, sino que su esencia, aquella que la mueve, justifica y da sentido a su marcha, gravedad a sus movimientos, es el futuro. Sueño dentro de un sueño, la poesía de Whitman es realista sólo por esto: su sueño es el sueño de la realidad misma, que no tiene otra substancia que la de inventarse y soñarse. “Cuando soñamos que soñamos –dice Novalis-, está próximo el despertar.” Whitman nunca tuvo conciencia de que soñaba y que siempre se creyó un poeta realista. Y lo fue, pero solo en cuanto la realidad que cantó no era algo dado, sino un substancia atravesada de parte a parte por el futuro. América se sueña en Whitman porque ella misma era un sueño, creación pura. Antes y después de Whitman hemos tenido otros sueños poéticos. Todos ellos –llámese el soñador Poe o Darío, Melville o Dickinson- son más bien tentativas por escapar de la pesadilla americana.

((1)   La idea del descubrimiento de América, México, 1951.

Texto tomado del Arco y la Lira

http://www.youtube.com/watch?v=E6NoFfywF9A 

martes, 23 de agosto de 2011

Psicoanálisis del fuego

Fuego y respeto.

1

El fuego y el calor suministran medios de explicación en los campos más variados porque ambos son para nosotros fuentes de recuerdos imperecederos, de experiencias personales simples y decisivas. El fuego es un fenómeno privilegiado que puede explicarlo todo. Si todo aquello que cambia lentamente se explica por la vida, lo que cambia velozmente se explica por el fuego. El fuego es lo ultra vivo. El fuego es íntimo y universal. Vive en nuestro corazón. Vive en el cielo. Sube desde las profundidades de la substancia y se ofrece como un amor. Desciende en la materia y se oculta, latente, contenido como el odio y la venganza. Entre todos los fenómenos, verdaderamente es el único que puede recibir netamente dos valoraciones motearías: el bien y el mal. Brilla en el paraíso. Abrasa en el infierno. Dulzor y tortura. Cocina y Apocalipsis. El fuego es placer para el niño sentado prudentemente cerca del hogar; y, sin embargo, castiga toda desobediencia cuando se quiere jugar demasiado cerca con sus llamas. El fuego es bienestar y respeto. Es un dios tutelar y terrible, bondadoso y malvado. Puede contradecirse: por ello es uno de los principios de explicación universal.

Sin esta valoración primera no se comprendería esa tolerancia de juicio que acepta las contradicciones más flagrantes, ni ese entusiasmo que acumula, sin pruebas de ningún tipo, los epítetos más elogiosos. Por ejemplo, ¡qué ternura y disparate en esta página de un médico escritor de finales del siglo XVIII!: “yo por fuego entiendo, no un calor violento, tumultuoso, irritante y contra natura, que quema los humores y los alimentos en lugar de cocerlos, sino el fuego suave, moderado balsámico, que, acompañado de una cierta humedad, afín a la sangre, penetra los humores heterogéneos del mismo modo que los jugos destinados a la nutrición, dividiéndoles, atenuándolos, puliendo la rudeza y el apresto de sus partes y conduciéndolas, en fin, a tal grado de suavidad y finura, que ellos se encuentran proporcionados a nuestra naturaleza”. En esta página no hay un solo argumento, un solo epíteto, que puedan recibir sentido objetivo. Y, no obstante, ¡de qué modo nos convence! Creo que ella engloba la fuerza de persuasión del médico y la fuerza insinuante del remedio. El fuego es el medicamento más insinuante y, al pronunciarlo, es cuando el médico resulta ser más persuasivo. En todo caso, yo no puedo releer esta página –explique quien pueda esta relación invencible- sin acordarme del buen y solemne doctor, con su reloj de oro, que llegaba hasta mi cabecera infantil y con su palabra culta tranquilizaba a mi madre inquieta. Era una mañana de invierno en nuestra pobre casa. El fuego brillaba en la chimenea. Me daban jarabe de Tolú. Yo lamía la cuchara. ¡Dónde han ido a parar esos tiempos del sabor balsámico y de los remedios de cálidos aromas!

2

Cuando yo estaba enfermo, mi padre encendía el fuego en mi habitación. Él tenía mucho cuidado en que los leños quedasen derecho sobre los pedazos de madera más pequeños y al deslizar un puñado de virutas entre los morillos. Fracasar al encender el fuego hubiese sido una insigne estupidez. Yo no imaginaba que mi padre pudiese tener igual en esta función, que jamás delegó a nadie. De hecho, yo no creo haber encendido un fuego antes de los 18 años. Solamente cuando viví en la soledad fui el soberano de mi chimenea. Pero el arte de atizar, que había aprendido de mi padre, ha permanecido en mí como una vanidad. Preferiría, creo, fracasar en una lección de filosofía que en mi fuego de la mañana. También, con viva simpatía leo en un autor estimado, muy ocupado en sabias búsquedas, esta página que es para mí una página casi de recuerdos personales: “me he divertido frecuentemente con esta fórmula cuando iba a casa de los otros, o cuando alguien venía a mi casa: el fuego se apagaba; era preciso atizar inútilmente, sabiamente, largamente a través de un humo espeso. Se recurría por último, a la leña menuda, al carbón, que nunca llegaba lo bastante pronto: después de haber sido agitados numerosas veces los leños ennegrecidos, yo lograba apoderarme de las tenazas, cosa que suponía paciencia, audacia y buen humor. Incluso obtenía aplazamientos a favor del sortilegio, como esos empíricos a los que la facultad entrega un enfermo desesperado; entonces, me limitaba a poner frente a frente algunos tizones, casi siempre sin que pudiera notarse que yo hubiese tocado nada. Descansaba sin haber trabajado; se me miraba como para sugerirme actuar y, sin embargo, la llama venía y se apoderaba del leño; entonces se me acusaba de haber arrojado alguna sustancia, y se reconocía, por último, siguiendo la costumbre, que yo había aprovechado las corrientes: no llegaba a estudiarse la plenitud de calores, lo emanante, lo radiante de las pirosferas, de las velocidades traslativas, de las series caloríficas”. Y Ducarla continúa desplegando conjuntamente sus talentos familiares y sus ambiciosos conocimientos teóricos donde la propagación del fuego es descrita como una progresión geométrica según “series caloríficas”. A despecho de esta matemática mal traída, el principio fundamental del pensamiento “objetivo” de Ducarla está bien claro y su psicoanálisis es inmediato: pongamos brasa contra brasa y la llama alegrará nuestro hogar.